sábado, 12 de febrero de 2011

Sentir pueblerino....

¿Que es lo que distingue a un pueblo de una ciudad? Muchos responderán que la cantidad de viviendas, las calles asfaltadas, las grandes cosas...
Yo pienso distinto. Y lo hago por muchas cosas. Por la experiencia de conocer localidades que se están transformando en ciudades y por haber vivido más de 45 años en La Emilia.
La gente: la bendita gente que habita una localidad es la que en base a su mentalidad la convierte definitivamente en ciudad o la posterga bajo un manto de tierra en un triste y solitario pueblo que duerme bajo el paso del tiempo.
Las personas que se conducen como si todo fuera "una familia grande", a quienes pueden brindar su saludo o ignorar por ser un "familiar no querido".
La gente que premia con su ignorancia los ejemplos livianos que oportunamente considerados, elige como rumbo a tomar o ejemplo a seguir.
La mentalidad chica de conformarse con un poco de alegría, a veces ocultando la frustración de un fracaso colectivo.
La falsa sonrisa de un saludo obligado a un parroquiano que no traga pero que debe verlo como producto de las escasas dimensiones del poblado; todos los santos días de su vida.
El callarse para no denunciar las tropelías de algunos "caciques" en detrimento del colectivo.
El conformarse con una mera alcaltarilla que tapa la posibilidad de poner un adecuado asfalto.
LOs pueblos toman el rumbo que a veces marcan sus dirigentes, pero cuando estos no existen o tienen miras cortas, su avance, el del pueblo es el de un tranco de pulga.
No es crítica, no es elogio. Es simplemente un pensamiento basado en una mirada -equivocada o no- de un entorno que a veces suele convertirse en odioso.
Cuando alguien que vive en un pueblo decide quedarse en su casa y no salir para no ver a las personas que viven a su alrededor: es un mal síntoma.
Es una enfermedda que crece y que a veces se contagia a una familia o grupo.
Es cuando ganan las pequeñas y diminutas aspiraciones y frustraciones, odios o rencores que encima, atentan contra el progreso.
Líbrame Díos mío de estas cosas, que más que atentar contra un pueblo, minan su espíritu y contaminan mortalmente su futuro.

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